Unos cuantos piquetitos

– Baby, ¿estás ahí? Baby, contéstame por favor… ¡Te necesito!

– Amor, ¿qué pasó? Llegaron dos clientes y estaba full. ¿Qué pasó? Amor, ¿estás bien?

– Baby… (llorando). Baby, tengo mucho miedo. Baby, sé que no me vas a creer y me vas a pedir que me calme y me preguntarás si me tomé las pastillas pero esto es cierto, bebé, escucha: Me acabo de ver a mí misma sobre la cama… cubierta de cortes y de una capa gruesa de sangre… ¡Tengo tanto miedo, baby!… Era yo, te lo juro, me vi a través de la ventana. ¡Fue tan real baby!

– Mi amor, tranquila. Debe haber sido un sueño. No te enojes, pero dime si te tomaste las pastillas, por favor.

– ¡No! No ha sido un sueño (llorando) ¡te digo que me vi! Me estaba lavando los dientes y comencé a quitarme el maquillaje de los ojos mientras caminaba por el salón… Cuando estuve junto al sofá me pareció ver una sombra extraña. Me quedé mirando de reojo hacia afuera, entonces vi el reflejo de la habitación por la ventana… y sobre la cama mi cuerpo…era mi cuerpo, el mío baby…¡Mutilado! Hoy me van a matar bebé… me vas a encontrar sobre la cama con unos cuantos piquetitos.

– Amor… Amor, contéstame. Necesito que respires y te calmes. Yo voy de camino a la casa. Vas a estar bien amor, no va a pasar nada. Dime una cosa, bebé. ¿Has tomado la medicina hoy? Respóndeme eso, baby. Estoy llegando.

– No vengas si no me quieres encontrar muerta. Si no me quieres ver… Cuando llegues me encontrarás sobre la cama. Ya te digo… Así será.

– Bebé, escúchame. La medicina, bebé. ¿Dónde está? ¿La tomaste? 

– Cuando vayas subiendo por las escaleras sentirás náuseas y llegando a la puerta tendrás miedo de abrir los ojos, porque sabes lo que encontrarás del otro lado. Querrás mirarme el rostro para confirmar que soy yo, pero el cabello duro pegado a la frente te lo impedirá.

– Amor, por favor. ¿Tomaste la medicina, bebé? ¡Ey! ¿estás todavía? Sigue hablándome… sigue baby.

– Cuando llegues me verás. Quitarás los mechones secos sobre mi rostro y los ojos quedarán al descubierto. Abiertos como farolas, abiertos así sin más. ¡Abiertos de tan muertos!

–¡Bebé! Ya me estás asustando. Yo estoy a unos minutos de la casa. Dime si estás bien, bebé. Ya estoy en camino. ¿Bebé?

–Si eres la persona que me cortará, bebé, sangraré por siempre.

–Amor, por favor. Basta, dime si estás bien. Dime que tomaste tu medicina hoy, por favor. Bebé. ¡Ya estoy aquí! Bebé, por favor!!!

El hombre abre la puerta mientras respira agitado, siente que el pecho rebota como un tambor. ¡Baby! ¡Baby! Dice y grita… pero nadie responde. ¡Baby! sigue mientras recorre la casa cegado por el temor de ver a su mujer muerta. Corre a la habitación y clava sobre la cama los ojos muy cerrados, como mirando sin querer ver. El corazón y la angustia le hacen temblar las piernas. 

–Baby –dice y abre suavemente los ojos ahora llenos de lágrimas, cómo adelantándose a lo que se viene. A la imagen de su mujer. 

–Baby… –dice y ya con ojos muy abiertos mira pero no ve. Busca la sangre, los cortes, las sábanas oscuras, la sangre seca… el cuerpo mutilado de su esposa. Pero no hay nada. 

–¡Hola amor! Volviste más temprano –escucha la voz de su mujer detrás. Se voltea y ahí está ella. Con una gran sonrisa un poco burlona. 

– No pensaba que me ibas a creer bebé, es que estaba pensando en una idea para un cuento y quise tener la experiencia de la muerte y la reacción de los amantes… 

Pero el hombre ya no escuchaba, solo un silbido agudo penetraba por su oído y salía por su boca como un sollozo.

– ¡¿Tienes idea de lo que me hiciste pasar, loca de mierda?! -gritó con los ojos desorbitados.

La sonrisa desapareció del rostro vivo y fresco de la mujer y en su lugar los músculos de la cara se tensaron. 

– ¿Para qué me andas creyendo estas cosas si ya sabes cómo soy? –preguntó con miedo pero atrevida.

– No, no sabía que eras una loca de mierda, un loca, ¡una loca! –gritaba el esposo fuera de sí. –No tienes idea de la angustia y el temor… –comenzó a llorar mientras arrastraba las lágrimas por la cara con una mano y con la otra lanzaba todo lo que encontrara a su paso. 

Entonces, ella se da la vuelta y lo deja hablando solo. 

– Ya, cuando se te pase hablamos. -dice y decide salir rápido de la habitación pero él la sigue y la toma del brazo.

– Ahora, ahora vamos a hablar. ¿Acaso no te importa cómo me siento? ¿Acaso no piensas en mí? 

– Suéltame, me haces daño. 

– ¡¿Qué te hago daño?! ¿Y cómo se llama lo que tú me haces a mí? 

– Suéltame, imbécil. ¡Estás exagerando! 

– ¿Querías que te viera con unos cuantos piquetitos? ¡Ah? ¿Querías tener la experiencia completa para inspirarte, no?

El hombre corre a la cocina y toma un cuchillo. Sin pensarlo se lo clava tres veces en el estómago a su mujer. 

– ¿Esto es lo que querías? ¿Estar cubierta de sangre seca? ¿Tienes suficiente realidad ahora para tu fantasía? ¡Loca de mierda! 

Y clava otras cinco veces más el cuchillo  en el pecho y en la cara. 

La mujer arranca sosteniendo sus heridas con las manos, como agarrando sus carnes para que estás no se rieguen por el suelo. Corre hacia la habitación desesperada en un último intento de evasión pero con la boca muy abierta, siente otra vez el filo frío cortando su espalda. Ya no puede respirar, cae sobre la cama con los ojos blancos de pavor y muerte.

Cuando el hombre reaccionó, frotó fuertemente sus muñecas en las cuencas de sus ojos y los abrió. Miles de bolitas de colores sobrevolaban la escena: una habitación muy blanca, una cama destendida y el cuerpo de su esposa cubierto de sangre que las cubría rápidamente de rojo.

– Parece una flor –dice. –Sí que sería una buena historia para un cuento. Si hasta parece un cuadro de mujer con unos cuantos piquetitos… 


La Negra