Perro lobo

La oscuridad de las tres de la mañana borroneaba las formas de las casas y difuminaba tu rostro de ojos claros. 

Miré hacia atrás, donde tu voz me llamaba con un eco insonoro; me repetía: “No te vayas…”. 

Miré hacia adelante y una figura negra, en forma de perro, estaba aguardando. Tuve miedo y dudé.

Cuando comencé mi lento andar, sentía que mis pies se hundían en el asfalto; la figura del perro estaba cada vez más y más lejos.

De pronto, ya estaba a su lado. Quise mirarlo de cerca. Me acerqué tanto que podía medir el largo de sus feroces colmillos, como queriendo que oliera mi miedo, como queriendo que arrancara de un zarpazo mi caliente corazón, que latía desesperado bajo mi camisa.

El enorme perro negro no tuvo piedad. Sentí sus garras rompiendo piel y huesos. Sentí cómo su aliento se liberaba en cada mordisco, en cada gemido. Sentí cómo su saliva se hacía una con mi sangre. Sentí, y me pareció que eso estaba bien; lo sentí, y logré que también él me sintiera.

La luz de la luna me iluminó de pronto y ya no tuve excusas. 

Contemplé mi cuerpo y me pareció otro, más largo, más lánguido. 

Recogí mis cabellos desparramados sobre la almohada, desenvolví mi cuerpo crispado entre las sábanas… 

Solo me quedaba una hora.

La Negra