Peluquera de perros

Supo que se llamaba Nicol y que era peluquera de perros. Se lo dijo su madre: ella siempre lo sabía todo. También supo que había vacacionado en el sur, que le gustaba el vino tinto  y que sabía hacer sexo oral. Esto último no lo supo por su madre; esta fue de las confesiones dolorosas que tuvo que escuchar de Alejandro mientras enterraba la cabeza en la almohada. Él había pensado que era mejor contarlo todo y quedar en paz. 

Desde que se enteró que la engañaban no pudo quitar la imagen de Nicol de su cabeza.  Se imaginaba día y noche el momento de estar frente a ella, saber talla, su edad, el color de su cabello, cuánto media y a qué olían sus labios. Su inquisitiva madre le advirtió que saber quién era ella no le devolvería su matrimonio, que era mejor dejar las cosas así. Pero ella no escuchaba. Solo pensaba en Nicol, la peluquera de perros… 

Entonces una idea se tomó su mente y la imagen del caniche de sus padres apareció: sería el pretexto perfecto para conocer a Nicol. Sabía que no podría continuar viviendo en paz si no escuchaba cómo sonaba su risa o sus zapatos al andar (y una peluqueada no le vendría mal al Puppy). Corrió a la cocina y llamó al caniche. El pequeño peludo llegó dando saltitos de emoción y a punto de perder la respiración de tan contento. Tomó al perro con una mano y con la otra agarró el celular de su madre y la miró con determinación. 

–Su teléfono –gruñó mientras le ponía el aparato frente a la cara. La madre suspiró resignada, se puso los lentes y comenzó a redactar un mensaje de texto. 

–Irá el viernes –dijo mientras colgaba. –No hagas ninguna estupidez, Paula.

El día de la visita no durmió. Se levantó a las 3 de la mañana a lavar la loza y limpiar el baño. Reacomodó los muebles siguiendo el plano exacto que había dibujado antes en su cabeza. Se imaginó la casa de Nicol, sus muebles, su cama y sus libros ¿Tendría libros? ¿Qué libros leería Nicol? La imaginó entrando en su departamento con la cartera en una mano y una tijera en la otra. Con sonrisa sincera y luego forzada. Luego la imaginó inquieta… la había descubierto, sabía que ella era la esposa de Alejandro. Le diría ridícula, hazte ver y no faltaría la funa en redes sociales. “No”, dijo luego. Y volvió al plan mientras el caniche la miraba ansioso. 

A las 3 de la tarde del viernes, sonó el citófono. Era el portero. 

–La señorita Nicol está aquí, ¿le digo que suba?

–¡No! –gritó… o pensó. 

– Sí, que suba no más. Gracias Jorgito.  

Tomó el último sorbo de whisky que se había servido pensando en todas las películas en la que justo antes de hacer una gran estupidez, los protagonistas tomaban un sorbo para darse valor. Aunque no sabía muy bien qué iba a hacer cuando estuviera al fin frente a ella. Se miró al espejo y se acomodó el pelo, miró su cuerpo, tomó sus senos caídos entre sus manos y sintió pena y sintió rabia.

De pronto la campanilla del ascensor suena lo que significa que ya no hay vuelta atrás, que ya está aquí “¿Cómo se te ocurren estas cosas? ¿Por qué haces esto? Debiste escuchar a tu madre”. La puerta del ascensor se abre despacio y unos pasos se acercan por el pasillo. Son pasos cortos y secos, no parece llevar tacones. Ya no hay nada que hacer: Nicol está en casa. 

– ¡Hola Nicol! ¡Gracias por venir! – dice demasiado fuerte mientras abre la puerta y se lanza a darle un beso en la mejilla. Nicol la mira sobre la mascarilla y le tiende el codo risueña. Un codo también risueño, moreno y delgado que ella se queda viendo 

“ Sonríe con los ojos”, pensó.

– Hola amiga, … permiso amiga, sí, gracias a ti amiga- Dice mientras se limpia los pies con demasiado ahínco… como hace la gente que piensa que trae mierda en los zapatos 

– Pasa luego ridícula –piensa.  

– Qué lindo tu departamento –dice ella amable mientras saluda al caniche que ya ha comenzado con las vueltitas y caritas de entrega que le da a cualquiera. 

– Hola, bebé –dice Nicol mientras lo acaricia con ternura.

¿Será que a Alejandro también le decía bebé? Imaginó la cabeza de él sobre sus piernas, desnudos ambos después de hacer el amor y todavía húmedos y agitados. 

– Estuvo rico, bebé -le dice él ahora. 

Y en su cabeza sigue sonando el  “amiga”. La mira y piensa: no somos amigas. 

– Este es el Puppy, está re peluo, igual que la dueña – y se ríe con una carcajada fea, como de bruja mala.  Ya la cagué, piensa ¿Ella se depilará? Seguro que no se depila esta negra de mierda. Tendrá una vagina suave y húmeda. 

Nicol acomoda su bolso sobre la mesa y saca uno a uno los implementos para proceder con su trabajo, mientras le pregunta si ha pensado en un corte especial o si quiere que solo lo bañen y le hagan las uñas. Pero Paula todavía piensa en la vagina de Nicol, ya es imposible quitar la imagen de Alejandro lamiendo sus labios, tocando sus senos, están otra vez sobre el sillón rojo. Sus ojos pasan rápidamente del caniche a Nicol, de Nicol a las tijeras, de las tijeras al bolso, y del bolso a los zapatos, que no son tacones, son zapatillas bajas, como de sirvienta pobretona –piensa con aún más rabia. 

Siente náuseas y debe apoyarse sobre la mesa para no caer al suelo. Nicol la mira y le dice algunas palabras que ella ya no escuchó; son palabras sin sonido. La amante de su esposo la está mirando directo a los ojos, los mismos ojos que miró Alejandro…

De pronto, como un rayo fulminante, todo estalla en pequeñas bolitas de colores. 

Se escuchan voces y golpes. Los vecinos gritan desesperados 

–¡Qué pasó! ¡Qué ha pasado, vecina!- La miran con ojos muy abiertos desde arriba porque ella está en el suelo. 

-¡Que alguien llame a una ambulancia, por favor! -gritaba Jorgito. Luego escucha que alguien hablaba a la policía y decía:

—Se volvió loca, completamente loca.

—¡Se los arrancó de un mordisco!

—Nunca vi algo tan atroz.

—¡Y eso que es una mujer!

Se incorporó mareada mientras el caniche a medio peinar le limpiaba la sangre de la cara con suaves besos. 

—¿Qué mierda pasó? —pensó.

—¿¡Qué mierda hice!? —gritó.

Y entonces, como si fuera una película en blanco y negro, se vio a sí misma arrojarse a los senos de Nicol, apretándolos y succionándolos con rabia. Imaginando que era Alejandro y que la haría sufrir. Que ya no sería su bebé hermoso. Y que no se recostarían desnudos más porque ella ya no… 

Se vio a sí misma incrustando sus uñas postizas en la cara de Nicol, hundiendo los pulgares en las córneas y mordiendo sus labios mientras ella le lanzaba un grito ahogado en la boca, como en una cueva oscura que se la tragaba: Nicol, Nicol, Nicol…

—¿Qué mierda hice? —volvió a gritar—. ¿Qué hice?

Y despertó otra vez. 

El caniche le lamía la cara. Intentó comprobar si había sangre y miró la hora en el reloj de pared.

Eran las 3 de la tarde y el citófono sonaba.

La Negra