Pantallas

A las cinco de la tarde el sol se vuelve menos fuerte en el balcón, podemos salir sin lentes oscuros y mirarnos a los ojos. Tomo mi celular y me siento en una de las reposaderas junto al ficus, en mi mano descansa una copa de champán fría. 

La vista es espectacular, en el horizonte se dibujan majestuosos cerros que escapan a toda lógica, imponentes con un atardecer de cortina. 

Gustavo llevó a su abuelo al hospital anoche en un Uber. Le costó ubicar uno, pero consiguió el número de un amigo que trabajaba de noche. Acababa de regresar a casa.

– Le dio la pálida –me dijo mientras encendía un cigarrillo mirando su celular.

– ¿Y está mejor? –le pregunté mientras lo observaba muy de cerca. 

– Estará bien –dijo–. Explicó algo de su rodilla y cómo su madre había reaccionado a todo. 

—Te traigo una cerveza —le ofrecí—. Por tu abuelo —dije mientras levantaba mi botellín.

Asintió, con la mirada fija en los últimos nubarrones violeta que se llevaba el atardecer.

Yo pensaba en Dario, en qué estaría haciendo ahora, me preguntaba si había conversado con su mujer, si le habría dicho todo lo que dijo que le iba a decir, en que si su hijo había querido escuchar todo lo que él quería gritar. Mi mente estaba imaginando cómo reaccionaría si todos terminaban rechazádolo, si ni su mujer ni su hijo comprendían la situación que él explicaba, si se enteraban en la oficina perdería su trabajo. 

Gustavo me interrumpe con un salud por la vida, veo sus ojos brillantes y comprendo que estuvo hablando de su abuelo. 

—Parece una buena persona —dije. 

Me parecía irónico: estamos todos bien muertos, pensaba. Sonreí y terminé mi cerveza.

Amanda, la hija de Dario, había reaccionado bien, su esposa, sin embargo, no. Él saldría a caminar y necesitaba conversar. Busqué mi celular y escribí: 

—¿Qué haces ahora?

—En casa, ¿por?

—Vamos al bar, hay que brindar por la vida.

Me gusta como dice “Vamos” y todo se ordena y levanto nuevamente mi copa, ahora pensando en ella, en cómo le preguntaré si vio el atardecer que estaba medio azul y medio violeta y ella sonreirá y dirá que sí, y que también pensó en mí. El sol continúa implacable en lo alto, una suave brisa nos recuerda el brindis. 

Chocamos nuestras copas por la vida y escondemos nuestras lágrimas en las pantallas.

La Negra