Me invitó a comer lasaña a su departamento. Decidí depilarme y pasar a comprar un vino. Fui manejando, lo que significa no beber en exceso y regresar a casa a tiempo para el toque de queda. Cuando entré a la botillería pedí dos pack de cerveza, una botella de whisky, una cajetilla de lucky morado y el vino, obviamente.
Sebastian me estaba esperando junto a la conserjería, llevaba un delantal de esos modernos que ahora se atreven a usar los hombres. Entonces supe que hice bien en comprar las cervezas: “alguien tendría que poner el toque masculino”, pensé. Me estaba riendo de mi chiste malo mientras caminaba hacía él, de pronto ya estaba muy cerca. Levanté la cabeza y estaba ahí, frente a mí sonriendo coqueto.
-¡Hola!- dije todavía riendo de la ironía patriarcal que me subyace.
-Tan contenta, flaquita -me dijo mientras me daba un beso culeteado en la mejilla.
-Ya cagué, ahora creerá que me gusta… – pensé.
Estuvimos conversando en el sillón mientras fumábamos un cañito y nos tomábamos las chelas. Yo lo miraba de reojo, no me parecía especialmente guapo, pero podía imaginarlo tocándome esa noche. A pesar de eso no quise imaginarlo sin ropa.
Eran las 9 cuando lo escuché cantando y entré en la cocina. Decidí acompañarlo y serví dos copas de Merlot. Pensé que si tomábamos el whisky como postre podríamos pasar directo a su habitación, así alcanzaría a comer lasaña, follar, lavarme los dientes y volver al auto. Estaría de regreso en casa antes de las 23.
Se puso a cocinar mientras me contaba de los viejos de la pega y de los turnos de noche en que se pasaban horas hablando de mujeres. Me contó que tenía un gato que se suicidó tirándose por la ventana, no sabe por qué si él lo quería tanto. Yo lo escuchaba mientras servía dos copas más y miraba de soslayo la hora. Él parecía contento y se movía resuelto en su cocina. Entonces, se me acercó, entrelazó sus dedos con los míos y me miró con ojos enternecidos.
-Verga -pensé- las cervezas no han hecho efecto aún. Todavía no quería verlo sin ropa. Sonreí y me bebí el vino de un sorbo para servir dos copas más.
–¿Te puedo besar?- me dijo al oído después de beber un sorbo profundo y yo decidí comerme su boca de una, sin pensarlo más. Luego insistió coqueto moviendo suavemente mis cabellos para dejar el cuello al descubierto
–¿Puedo besar acá? ¿Y acá?– me susurraba mientras me recorría con la lengua muy húmeda. Yo quería que me arrancara la piel muerta con los dientes, que encontrara esa piel fresca que olía a perfume francés, que me sacudiera entera para despertarme… y que valiera la pena la depilada, claramente.
Entonces algo vibró en mi bolsillo, eran las 11. Me incorporé de pronto y le dije que me iba, que ya había comenzado el toque de queda y que mejor me apuraba para no tener problemas con los pacos. Me dijo que no tenía sentido que me fuera y que debía quedarme con él esa noche, que los carabineros salían de inmediato a hacer rondas y que de seguro me detendrían.
–Además, ¡todavía no comemos la lasaña! – dijo riendo con ganas mientras me tomaba de la mano. Tiene razón, pensé: La lasaña.
No quería ver a los pacos pero tampoco quería quedarme a dormir con él.
– ¿Tienes más cervezas? -pregunté de pronto sin pensarlo.
– Claro -me dijo- tengo en latas eso sí.
– Venga -dije casi gritando.
Puso música y cerré los ojos pensando cómo sería si me gustara, cómo podría desearlo. Se me acercó e intentó bailar conmigo. Me tocó la cara y me acarició el cabello, murmuró algo en mi oído y me tomó fuerte de la cintura. Me dejé llevar a la habitación como una niña mientras terminaba la tercera lata de cerveza.
Ya entregada al juego y a la seducción me desvestí frente a él y me gustó que me viera desnuda, eso me excitó. Mi cuerpo se encendió rápido, como si hubiera aguardado ese momento toda la noche. Sebastián intentaba acercarse con la mirada lasciva, pero yo lo empujaba riendo, no quería que me tocara, solo quería que viera cómo yo me tocaba.
Comencé a sentir un calor intenso, mis manos resbalaban por mi cuerpo empapado en sudor, sentía que la piel me ardía y comencé a respirar con dificultad, me faltaba el aire, abría la boca agitada pero ya no había más aire en la habitación.
–No puedo respirar – dije con un soplido apenas audible.
–¡La lasaña! – gritó él y corrió a la cocina.
Entonces abrí los ojos con dificultad y vi que toda la habitación estaba inundada de un humo negro. Me incorporé muy mareada e intenté inhalar un poco de oxígeno mientras buscaba mis calzones y pensaba que esa noche no comería lasaña, ni follaría y quizás hasta moriría asfixiada en el departamento de un perfecto extraño en una noche con toque de queda.
Sebastián regresó agitado y envuelto en una bola de humo.
–¿Esto es en serio? – pensé y me lo imaginé diciendo “Tendremos que saltar por la ventana, flaquita. Se está quemando todo”. Yo seguía en cueros tratando de abrir las ventanas para que entrara un poco de aire y tosía escandalosamente ante la mirada atenta de los vecinos que se habían asomado a los balcones.
–¡Se quemó la lasaña! – me dijo Sebastían como pidiendo perdón.
Cuando se levantó el toque de queda a las 6 de la mañana, me subí al auto y encendí un cigarro, me miré en el espejo y vi mis ojos, había en ellos una profunda soledad. Me tomé el cabello revuelto en un tomate y respiré, había tenido dos orgasmos. Pensé que había valido la pena comprar las cervezas y partí.
La Negra