Madrugada de un viernes estival en Ñuñoa y yo no puedo dormir pensando en esto:
Entonces, estoy cenando aquí sola… en mi departamento. Una carne a la plancha con verduras o con arroz, tal vez, no importa. El tema es que me ahogo. Sí, me ahogo, se me atora un enorme trozo de carne con grasa, que no siguió el camino correcto, y ahí está, atravesado en mi garganta, bloqueando el paso del tan anhelado oxígeno. Yo me asusto (obviamente), miro a mi alrededor y nadie. La ciudad tranquila a través del ventanal. Un Santiago taciturno, frío… La calle Irarrazabal más larga que otras veces, más iluminada incluso, quizás hasta más sola. Ninguna tienda abierta, nadie vagando.
Ya se me está acabando el aire de los pulmones… es un hecho: me ahogué con carne y no puedo respirar. Me pongo verde, morada, fucsia, soy un arco iris de colores. Me muevo, me sacudo, imploro y perdono, pido perdón, entiendo, veo mi vida y veo el túnel; todo eso en un minuto que ya parece una eternidad. Mientras doy vueltas por el departamento tratando de conservar la calma, me estrello contra sillas como alguna vez le;, me hago el gancho con el dedo índice como me explicó mi hermana; me lanzó desde una silla al suelo con los brazos abiertos. Nada. El trozo de carne se niega a bajar o subir, a esta altura da igual.
Entonces no lo pienso más y corro, salgo al pasillo. Necesito ayuda ¡Creo que me muero! Toco todos los timbres de los otros pisos esperando que al menos uno abra y me auxilie porque ¡me estoy muriendo! pero… ni un alma. No hay vecinos.
– ¡El edificio es nuevo! –pienso con total angustia – ¡Todavía no tengo vecinos!
Intento recordar en qué piso se bajó una vez ese chiquillo lindo que iba con su perrito, el que me sonrió cuando le dije que estaba bonito y me preguntó el nombre, el que me dio su número y con el que quedé, el que me follé en el sillón rojo que se parecía al mío pero con otra tela… pero no recuerdo. No recuerdo en qué piso fue.
Corro hacia los ascensores y, de todas formas presiono el botón y espero, medio mareada, pero espero… Ya no puedo ni quiero seguir esperando pero ya casi llega. El ascensor no llega, me salta, me ignora… pasa de largo sin verme, sin salvarme la vida. Voy hacia las escaleras, ya completamente desesperada, e inmediatamente pienso: ¡moriré en las escaleras! ¿Cuánto tardarán en encontrarme?
Me precipito hacia los peldaños, saltando de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro; la salto completa, la cruzo, la zigzagueo, resbalo, me caigo, me pego, me ahogo, me saco cresta y media…me levanto, empujo la pesada puerta de roble y ya estoy en la recepción. No sé cómo bajé 14 pisos en menos de un minuto, pero aquí estoy.
Mi cara lo dice todo, la gente que está a esa hora en el hall me mira con las cejas muy altas, se lleva las manos a la boca, se mira entre sí, ahora las cejas muy bajas.
– Está morada –dice una.
– Parece que no respira –susurra otro bajito.
– Se está muriendo –sentencian más allá.
Yo, por mi parte, ya no veo más. Todo a negro. Me fui.
La gente se acerca lentamente, y como con miedo a que la carne les salte a las bocas y se les atore a ellos también, se acercan con vergüenza, como si temieran ser ellos quienes cayeron mudos sin poder explicar su muerte ingenua, casi ridícula. No saben qué sucede… me dan los primeros auxilios con timidez, me cachetean suave y me gritan bajito… Yo, más muerta que viva me pregunto si habré cerrado la puerta cuando salí como loca del departamento.
– Ahora me roban todo –pienso incluso en ese estado.
El conserje llamó a la ambulancia, y ya están aquí. Mientras esperábamos, nadie se atrevió a salvarme la vida o siquiera intentarlo. Uno a uno se volvieron a sentar en los sofás y una chica joven hasta se preparó un café.
La ambulancia llega y los paramédicos entran sin prisa, se inclinan, me inclinan, me miran, se miran, me llaman, me preguntan que cómo me llamo, que cuántos años tengo y que si sé lo que me pasó. Mientras esperan una respuesta uno más aventajado y que se nota que sabe… me abre la boca y el trozo de carne protagoniza una escena luminosa y llena de comprensión.
—Se atoró —dice orgulloso—. Con un trozo de carne —agrega.
Me hace la técnica Heimlich… me hace respiración boca a boca, me da golpecitos en la espalda, no hay caso, no respira.
– Ya no hay nada que hacer –concluye.
Mientras me suben a la camilla y suben el cierre de la funda para que nadie vea mi cara muerta, pienso en qué dirán los titulares de la prensa mañana sobre esta situación tan particular y ridículamente lamentable: “Joven antofagastina muere mientras intentaba cumplir sus sueños en la gran capital”, “No supo picar la carne más chiquita”. Otros más populares dirán: “Murió contenta con la carne atravesá”. No puedo creer que me esté pasando esto…
Entonces comprendo: ¡no me ha pasado! ¡Estoy bien! Estoy intentando dormir y de pronto me lo imaginé. No es un recuerdo porque no ha pasado ¡estoy viva! De hecho, hoy cené pollo.
De pronto, súbitamente imagino que entra en mi habitación una bala loca…
La Negra