Después de entrar en el salón, arrastrando una maleta de cuatro ruedas, lo vi venir hacia mí y rodearme con ambos brazos. Luego desapareció camino a la habitación. Escuché cómo abría y cerraba cajones, cómo movía papeles sobre el escritorio –quizás comprobando que todo estaba en el lugar en que él los había dejado–. Lo escuché avanzar por el pasillo confundido, dando portazos y luego, ya riendo.
Envuelta en una manta, esperaba en el sofá a que regresara. Cerré los ojos para imaginar más claramente cómo sería. Sentí sus caricias en los muslos y sus besos de labios calientes y abrí los ojos de pronto. Apareció cruzando hacia la cocina y regresó con dos copas de rosé. Traía una sonrisa amplia y burlona,
–¿Cuál es el chiste? –le pregunté desde mi escondite.
Rió aún más fuerte y me llevó de la mano al balcón. La luz de las cuatro de la tarde nos envolvió con todo. Sonreímos y brindamos por la bienvenida. Relató un par de anécdotas aburridas acerca de business y tarjetas de crédito.
Una fragata argentina entraba en el puerto. En el enorme mascarón se apreciaba fácilmente el cabello largo y rizado de una joven mujer.
–¿Cómo lo ves tú? –me dijo mientras levantaba su copa y disfrutaba del color con ayuda del sol. –Está bien le respondí –bacán igual.
–Sí –me dijo –, pero ¿sabes qué más?
La fragata acababa de detenerse en su sitio y la tripulación comenzaba a descender. La mayoría de los marinos asomaba sonriente por el dintel. La mujer del cabello rizado ya no estaba.
Casi estaba atardeciendo y las nubes se arremolinaban en el horizonte como esperando teñirse de rojos y violetas. Mi copa estaba vacía cuando sentí sus caricias en mis muslos y sus dientes cerrándose en mi cuello.
La Negra