El taxi

No recuerdo si alguna vez te conté esta historia. Sé que a mi madre se la conté apenas desperté. 

– Qué feo el sueño, niña- dijo y siguió lavando platos.

Estaba en el supermercado, iba de la mano contigo, como siempre. Ya me había equivocado de carro un par de veces y había celebrado chocolates ajenos y vinos que normalmente no podemos pagar. Los pasillos estaban decorados con góndolas de colores, con dulces y coca-cola. Tú me hablabas y me sonreías, parecías contento. 

La mujer de la caja me miró muy sería cuando me acerqué a preguntarle por ti, te había perdido. 

– Es un señor de este porte y tiene un bigote negro en el medio de la cara – le explicaba moviendo los brazos y esforzándome por no llorar. 

– Detrás suyo- dijo sin mirarme. 

Salimos a la calle y recuerdo que me soltaste la mano para encender un cigarrillo y tomar las bolsas. Recuerdo tu dedo índice con una uña larga y fina que se ofrecía entre muchas, muchas bolsas de supermercado. Recuerdo que tampoco eran tantas, porque éramos pobres, pero sí recuerdo que tú podías con todas ellas. Recuerdo que me querías tener cerca… para cuidarme, para protegerme. Yo recuerdo… 

La calle estaba oscura y solitaria. Los taxis y taxistas estaban estacionados en la acera, esperándonos ansiosos mientras fumaban sus cigarrillos y miraban la luna para saber la hora. Uno de los de más al fondo nos gritó que nos hacía un descuento, caserito. Pero el primero se acercó corriendo y tomó algunas bolsas, adelantándose para ganar la carrera. A esa hora no era fácil tomar pasajeros en la salida del Eco. 

-¿Dónde va, casero?- nos preguntó mientras le hacía un gesto al del fondo que se lo respondía. 

– Calle Miramar, por favor.

Entonces, el brillo anaranjado de las luces de un taxi que se encendía me hizo cerrar los ojos con fuerza, para cuando los volví a abrir ya no estabas. Te había perdido otra vez. 

Todo sucedió muy de pronto y no tuve tiempo de pensar: te busqué con la mirada y con la cabeza, pero no te encontré. Cuando volví para mirar hacia el otro lado de la calle, un taxi me pegó y ya volaba un par de metros, eyectada y suspendida como la noche, como esa noche en que me mataba un taxi mientras te buscaba porque te había perdido.

La gente salió de todos lados y gritó. Cuando me encontraba con sus ojos los abrían muy grandes y seguían gritando. Recuerdo perfectamente cómo sonó mi cabeza al estrellarse contra el suelo. Un sonido seco, un dolor real. 

Lo último que recuerdo cuando me enderezaron –porque mi cuerpo se había doblado mucho al caer– fue mirar hacia arriba y encontrarme con tu rostro moreno y con tu bigote. Mi padre en toda su extensión y dimensión, observándome muy serio desde arriba con la mirada fría y los ojos muy pequeños:

– Bueno, llegó su hora- te oí decir mientras tomabas las bolsas del suelo y te alejabas por la calle oscura pidiendo un taxi. 

La Negra