De pronto, sobre su cabeza, vio cerrarse poco a poco el único orificio por el que lograba entrar un poco de aire y luz. Se había terminado.
Todo comenzó cuando decidió mudarse a un departamento de soltera, justo antes de la primera cuarentena. La mudanza fue rápida y fría, como esos trámites que se hacen ahora con un poco de hastío y cansancio. Como siempre empacó los libros uno a uno quitando el polvo de las cubiertas y acomodándolos con cuidado para poder cargarlos. El resto de cosas entró en cajas, bolsas de supermercado y algunas hasta las tiró directamente al auto. Regaló y vendió como siempre, pero dio trabajo.
Lo único que conservó del antiguo departamento en que vivía con Gonzalo, fue un enorme sillón rojo afelpado, una especie de puf de dos cuerpos en el que…. Era su sofá favorito, por lo que cuando hicieron la repartición de muebles escogió sin dudarlo el enorme peludo.
Contrató un servicio de mudanza para el antiguo piso que subió ascensores, entró en salones y saludó a personas que ella prefería no subir, entrar ni ver. Lamentablemente, los peonetas se negaron a cargar el sofá hasta el piso 4. Cargó el sillón escaleras arriba sola y con mascarilla, porque era parte del protocolo del edificio, empujando de un lado y luego del otro, tratando de respirar y de entender sus ideas en cada peldaño ¿Qué haría con un sillón tan grande en un departamento tan pequeño? Cuando al fin logró meterlo y acomodarlo en su nuevo piso, encendió cigarro —A la verga –dijo y le quemaba en el pecho agitado.
Se sentó en la silla del escritorio y desde ahí arrancó a mirar cómo se veía el sillón en su nuevo hogar. Luego se sentó en la terraza y lo miró con desconfianza a través del vidrio. Por último, fue hasta el fondo y haciendo una inclinación forzosa, lo miró desde la cocina. Encendió otro cigarro, tomó una cerveza, se quitó los zapatos, caminó decidida y, finalmente, se sentó en el sillón. Había olvidado lo suave de su tela y lo cómodo de sus cojines. Se dejó abrazar inmediatamente por su calor, como un reencuentro con un viejo amigo. Cerró los ojos y pensó tranquila: fue una buena idea.
Desde esa altura el sofá le daba una nueva perspectiva del espacio. Miró las paredes, los cuadros, las lámparas que colgaban del techo, la madera del bar y le pareció que estaba en otro sitio. Podía ver los techos de algunas casas vecinas y los balcones de los departamentos de la avenida Brasil. Quiso ponerse cómoda y subir los pies a la mesa, pero apenas sus piernas tocaron el vidrio la idea de usar un posa vasos la asaltó y se levantó de un salto a buscarlo.
Al regresar y dar el primer sorbo a la cerveza sintió al fin, la libertad. El espacio infinito en la comodidad del sofá. La textura y el colchón la invitaron pronto a recostarse. Fumó un poco y se dejó arrastrar por el momento. El cigarro se fue consumiendo de a poco en su mano, entonces miró y descubrió que no tenía un cigarrero cerca. Se iba a levantar otra vez a buscarlo pero se dio cuenta que no era importante, que podía tirar la ceniza al suelo, que estaba sola y era libre, y que ser libre significaba que uno podía hacer lo que quería y no hacer lo que no quería, y en ese momento ella no quería levantarse del sofá a buscar ningún cenicero ni ningún posavasos. Solo quería quedarse abrazada al sillón rojo que parecía cada vez más y más tibio.
Pero ya regresaba con el cenicero pensando que era mejor ser libre haciendo lo que uno quería y que si uno quería tener la casa limpia era porque lo decidía (y también porque su mamá le había enseñado a tener limpio y ordenado). No le hubiese gustado ver la ceniza en el suelo ni mucho menos sobre su tibio sillón…
Subió finalmente ambas piernas a la mesa y apenas lo hizo, se quitó los zapatos. No se deben poner los zapatos sobre las mesas. Los zapatos están sucios porque van arrastrando mierda de perro y otras cosas que no quieres en tu mesa, incluso si usas un posavasos.
Fue entonces cuando lo sintió por primera vez, vino de pronto como un estremecimiento, como un acomodarse de resortes o una vibración que confundió con el calor de sus tripas y hasta llegó a recordar que no había almorzado aún, con todo lo de la mudanza… eso fue. Se levantó apoyando ambas manos sobre la suave tela de sus cojines y un calor la recorrió de pronto hasta lo hombros. Miró sonriendo a su alrededor como buscando un testigo de lo extraño que de pronto se volvía todo en ese sillón.
Caminó hasta la cocina y desde ahí lo observó, le pareció que el sillón respiraba. Primero sonrió y luego lo miró fijamente durante unos segundos: uno de los cojines se levantaba suavemente, como impulsado por la delicadeza de un pecho dormido. La campanilla del microondas la sobresaltó de pronto y la regresó a su cena que ya estaba caliente. Miró de reojo el sillón y sin pensarlo se escuchó diciendo: “Lo sé, no comeré en el sillón, me serviré aquí, de pie junto a la cocina americana”. Río fuerte para convencerse a sí misma de que estaba jugando y regresó al sillón.
—Fue una mala idea—declaró apenas se dio cuenta que el sillón le recordaba a Gonzalo, que era él hablándole, respirando tibio, corrigiéndole, civilizándola. Era obvio —¡Véndelo!—gritó una voz en su cabeza. —¡No vas a poder vivir con ese sillón! ¡Era como si él aún estuviera ahí!—
Comió de pie y rápido mirando al sillón con recelo. Luego se obligó a sentarse y disfrutar el resto de su maldita cena recalentada en horno eléctrico.
—Sabe delicioso—se dijo— sabe a libertad—.
Pero ya no sonreía. Se levantó por última vez y regresó al sillón con una lata de cerveza en una mano y un pucho en la otra.
Una vez más se dejaba acariciar por el sillón, se sumergía en su profundidad, se abrigaba en su cuerpo, cerró los ojos… De pronto, estaba en su antigua casa, el sillón formaba parte de un juego mayor. Ella estaba sentada en uno de los sillones rojos y su ex en el otro. Un parpadeo y veían una película, otro y él descansaba su melena rubia entre su piernas, uno más y él se follaba a su amante en cuatro sobre el sillón. La imagen quedó retumbando y abrió los ojos para borrarla. Pero en ese momento el calor de la tela regresó y subió rápidamente desde el culo hasta la cabeza, estremeciéndola, sacudiéndola a ella como la amante follada en el sillón. Sintió el orgasmo como una explosión.
Esta vez el sillón rugió, se encendió sin llamas y comenzó a hundirse justo en el centro. La mujer experimentó, horrorizada cómo el sillón se la tragaba poco a poco, como haciendo arcadas. Dejó caer la lata de cerveza, mordió el pucho con los dientes e intentó con todas sus fuerzas levantar la cadera mientras sus pies tocaban apenas el suelo. Muy pronto su piernas y brazos estaban juntos apuntado al techo, no había posibilidad de moverse, ya casi no veía su departamento.
Sobre la cabeza vio cerrarse poco a poco el único orificio por el que lograba entrar un poco de aire y luz.
La Negra