Fue una tarde de verano. Enero o febrero.
Esta receta me la dejó mi abuelita, dizque la preparó una noche de luna llena, cuando al abuelito ya no se le paraba.
Yo llevaba solo dos años de casada y no podía creer que mi matrimonio estuviera enfrentando su primera gran crisis, y parecía que no llevaba a buen término. Yo todavía lo amaba. Pero él ya no quería estar conmigo.
Lo esperaba ansiosa. Él, consumido por el trabajo, por los turnos extenuantes y las horas extra, por los clientes que se quejaban del servicio recibido y de la jefa que no paraba de gritar; por la vida que le mostraban los clientes, que se podían tener relojes de miles de dólares, pedir el whisky más caro de la carta.
Cuando llegaba la noche, se duchaba en silencio, se deslizaba en su pijama y se enrollaba entre las sábanas.
Yo lo esperaba.
Pero él se hacía pronto el dormido y se volteaba a su lado de la cama.
Esa misma tarde visité a mi abuelita y le conté, mientras lloraba con un llanto ahogado que me salía desde la garganta, cómo mi matrimonio estaba fracasando y cómo yo me sentaba a mirar su destrucción sin hacer nada para remediarlo. Cómo sentía que observaba ese final como una simple espectadora.
Mi abuela me miró directo a los ojos y sentí la comprensión, la conexión con ella, con sus entrañas, con su útero, sentí el dolor de mi madre, el dolor de mi abuela en esa mirada.
Me puso una mano sobre las rodillas y sin titubear me susurró al oído.
–Un calzón de perlas hija, un calzón de perlas –dijo.
La receta de mi abuela consistía específicamente en un calzón de perlas. Pero no bastaba con ir a una tienda de lujo a comprar una talla que se ciña a tu culo para una extenuante noche de amor, no no. Este calzón debía ser acompañado de un exquisito ritual de luna llena y añorar los años de buen venir en la cama.
–Mire mijita, lo que usted necesita es una buena sacudida de todos lados. Usted lo que merece es un orgasmo, ojalá fueran varios, pero vamos de a poco. El Lucho te quiere pero es huevón, hay que explicarle todas las huevadas. Incluso estas. Esto es lo que vas a hacer–. Mi abuelita me explicaba haciendo gestos con las manos y con la boca.
–¡Abuelita! –reímos juntas a carcajada cuando me contó de una vez que un chorro de líquido le estalló en la cara al abuelo.
Marqué pacientemente los días en el calendario hasta la noche de luna llena. La vi aparecer enorme y brillante entre los cerros. Corrí a la habitación, abrí el cajoncito de los interiores y saqué los calzones de perla que había comprado el día anterior en los chinos, no había presupuesto para más.
Apenas me subí los calzones sentí, un enorme coágulo de sangre muy oscura casi negra, acompañado de un fuerte olor a hierro cayó desde mi interior y resbaló por las perlas empapando mis piernas con sangre hasta las rodillas. Me quedé fría, con las piernas y la boca abiertas, pensando en tan mala suerte ¿Qué haría?
Alejandro llega en 15 minutos y la abuela había sido categórica con los tiempos y las fases de la luna. Me lo había dicho con su mano sobre mi mano. Su mano morada y verdosa sobre la mía. Sus dedos cadavéricos ceñidos a los huesos contando cada una de las fases de la luna, indicando cuál era el momento propicio. Escúchame bien, la boca muy mojadita siempre y lo más importante, que usted también esté disfrutando.
Corrí al baño y me metí en la ducha, abrí el grifo y un chorro de agua me dio directo en los ojos arrasando todo rastro de lo que alguna vez fue mi maquillaje para esa noche especial.
Me quité el calzón y lo metí debajo del agua sin pensar.
Cuando salí de la ducha me sequé y terminé de desmaquillarme, me solté las trenzas. Sequé con una toalla las perlas y suavemente metí una pierna, cuando estaba metiendo la otra sonó el citófono: Alejandro estaba en casa y yo todavía no estaba lista. Metí la otra pierna del calzón y perdí el equilibrio pisando justo sobre uno de los delicados hilos de mi tanga ritualística. De un momento a otro lo que solía ser un lindo y coqueto calzón de perlas metidas en el culo, se convirtió en un estallar de bolitas blancas que saltaban por el piso por todos lados formando una sinfonía con su incesante rebotar.
–Eso me pasa por comprar en los chinos– pensé.
En ese momento escuché las llaves en la puerta y unos pasos cansados que se detienen en la entrada y comienza una serie de intentos fallidos por apuntar a la cerradura. Cuando lo consigue se abre la puerta de par en par y Alejandro se lanza con todo hacia dentro. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro apenas me ve desnuda y su instinto animal lo motiva a lanzarse sobre mí con los brazos abiertos.
–Y usted qué hace piluchita y tan hermosa –dice.
Solo alcancé a levantar la mano en señal de detención y grité: ¡Nooooo!– a la vez que levantaba la mano en señal de stop.
En ese momento perdí de vista el rostro de Alejandro, que un su descuido pisó una de las perlas, y su lugar aparecieron sus zapatos negros recién lustrados. Alejandro caía en cámara lenta hacia atrás lanzando su bolso y su sombrero por los aires. Corrí hacia él pero me acerqué, también pisé una perlita y resbalé hacia adelante. Fue tal la situación que sentí cómo mi cuerpo volaba de un extremo del pasillo, atravesando la salita principal, hasta llegar ya aterrizar en la entrada sobre mi sorprendido marido.
Esa noche puse en práctica todos los secretos de la abuelita menos el calzón de perlas. Jugamos hasta la madrugada en que nos levantamos a comer pizza y seguimos comiéndonos hasta más allá del amanecer.
A las 12 del día, tal como lo predijo mi abuela, Alejandro dibujó en mí un hermoso calzón de perlas.
La Negra