Cuando mi madre era niña, pasó mucho tiempo en el hospital. Prácticamente toda su infancia. Me cuenta que una madrugada despertó con mucho frío y quiso ponerse un suéter que estaba sobre una silla. Estaba enyesada de una pierna, por lo que no podía moverse con facilidad. Llamó y llamó a una enfermera pero nadie vino…
Entonces, con mucho esfuerzo, se inclinó sobre su cama y, alargando el brazo, tomó el abrigo y se lo puso. Apenas su cabeza atravesó el hueco del cuello sintió que el suéter cobraba vida, se movía sobre su cuerpo y le daba sensación de estremecimiento. Cuando lo notó ya no había vuelta atrás, cientos de baratas caminaban por sus pechos, brazos y rostro. Por más que gritó y gritó no consiguió ayuda. Estuvo sola, ella y las baratas.
Yo heredé ese miedo.
Tal vez por eso camino por la costa buscando una concha para mi madre. Una casita en la que pueda retozar, un espacio para ella en el fondo del mar.
Mientras clavo los ojos en el suelo descubro un cementerio de conchas rotas y sucias. La playa está cubierta de basura, y entre botellas de plástico y colillas de cigarro, sigo buscando una concha para mi madre.
No encuentro la concha que buscas, mamá. Aquí no hay más que restos de lo que un día fueron unas hermosas conchas.
Recorro la costa buscando una concha que, en su interior, tenga una perla que ilumine tu rostro cada vez que la veas. Una concha que nacida en las profundidades del océano, testigo de los baños secretos de las sirenas, que se haya rozado con los coloridos arrecifes y algas serpenteantes del fondo marino.
La concha que buscamos tiene que haber sido arrastrada por las olas como viajera incansable, debe haber recorrido kilómetros mientras jugaba con la arena en esa oscuridad profunda y misteriosa.
Madre, voy contigo por la costa buscando una concha, y ya no cojeas. Te veo saltar entre las rocas a pies descalzos; te escucho reír fuerte mientras hundes en el suelo tus ojos grises. Desde el fondo, como en un cuadro que crea el recuerdo, escucho que me hablas, me haces una seña para que te siga: ya la tengo, la encontré y ya no me duele, dices sonriendo.
Y al volver la mirada atrás, saltas la última roca y te pierdes entre las olas del mar.
La Negra