El padre

Bajo por el cerro serpenteando, brincando de vez en cuando para esquivar mojones de perro seco, empolvando mis zapatos negros recién lustrados mientras un sol hostil me pega en la nuca. Cuando alcanzo las faldas del cerro, entornando los ojos hacia arriba, en la cima, blandiendo su mano negra que desde lejos me hace señas, veo a mi padre.  

Un cerro infinito que circunda poblaciones es nuestro escenario diario para ir a la escuela. Un amanecer de colores dorados que me recuerda la leche en polvo y el vinagre. Desde arriba se ve Antofagasta en toda su extensión, con el Pacífico como telón de fondo. Un cerro infinito que se empina al cielo. Una casita allá arriba, justo en la loma. Otra vez, la mano negra que saluda al viento como despedida y me desea un buen día.

Cuando el sol ya ha recorrido la ciudad y se pierde en el mar, yo subo de vuelta y el cerro me espera otra vez. 

Esta vez la mano de mi padre hace el ademán de lanzarme una cuerda imaginaria. Con ella me arrastro por las piedras y peñascos, gravilla, tierra y los mojones de perro. El cerro todavía se alza frenético frente a mí. 

Miro mis zapatos y parecen ocultos entre tanta tierra. Como camaleones se han disfrazado de cerros.  Los observo con el mentón clavado al pecho. Tal vez sea miedo de mirar arriba y que mi padre ya no esté. 

Sigo subiendo mientras el sol me encandila; siento que me atraviesa el jumper, la corbata me asfixia. El suelo que piso semeja estar sobre la lava del mismo infierno. Tan fina es la suela de mi zapato que la única forma de no calcinarme los pies es correr dando saltitos. Afortunadamente, aún sujeto firme la cuerda imaginaria que me conecta con la mano de mi padre. Mi padre y sus manos negras. 

Ahora, el trecho que no separa es menor. Ya puedo ver su rostro surcado de grietas; un rostro duro, con una gruesa capa de piel quemada. Sus ojos están muy profundos en ese rostro eterno.  Al verlo, me doy cuenta de que está cansado. Como estoy más cerca, puedo ver mejor su gesto: sostiene la cuerda imaginaria con ambas manos haciendo un gran esfuerzo. Esta se desliza entre sus dedos porque mi cuerpo se ha vuelto cada vez más pesado, haciendo heridas en sus callos. Hay ampollas que se han rebentado y están tiñendo de sangre amarga esa especie de cordón umbilical. Ahora hay ampollas y costras pegadas a la cuerda imaginaria. Miro sus ojos: casi se han perdido entre tanta piel endurecida y callos y cejas torcidas que ahora parecen un gesto de disgusto. La sangre de las manos de mi padre se ha deslizado como un río y ya llega a mí. Me hace resbalar. Es una sangre espesa y negra, negras como las manos de mi padre.

Cuando ya no tengo más fuerza y la colina parece haberse proyectado ante mí como una pared lisa y vertical, siento que mis manos ya no pueden asirse más a la cuerda. Y entonces,  a lo lejos, veo que las manos de padre que se desprenden definitivamente de esta; la suelta entre lágrimas y me deja caer hacia el vacío inmenso y profundo que se abre en las faldas del cerro como un abismo infinito. 

Lo último que veo es la cara negra de mi padre, negra como sus manos y su sangre negras. 

La Negra