Me faltó mostrarte tantos sitios,
me faltó darte tantos hijos.
Fuiste una semilla
que entró en mi boca
disfrazada de fruta dulce:
desprotegida y madura.
Fuiste semilla y creciste
dentro de mí como un tumor.
Te hiciste de cuna en mis entrañas
y desde ahí quisiste florecer.
Me faltó darte tantos besos,
me faltó darte tanto tiempo.
De este tiempo que ahora me sobra
y se me cae de las manos,
este tiempo de arena y olas
que apenas duró un verano…
y yo, que quería el invierno contigo,
la nieve en la cima
y las mariposas negras
jugando a las escondidas entre las flores.
Me faltó decírtelo en un susurro,
me faltó gritártelo, escupírtelo…
me faltó, me faltó, me faltó.
Porque mi vientre no se hizo cuna,
ni mis besos fueron suficientemente cálidos para abrigarte,
y mis canciones ni se oyeron
ni te arrullaron.
Mis entrañas te expulsaron ariscas como ramas secas,
te desenterraron con una arcada profunda.
Te sentí subiendo por la garganta
y pensé que era solo llanto,
que era solo pena, que era solo un grito.
Te sentí subir como un sollozo eterno
y te escupí en mi mano.
Entonces, las mariposas ya no danzaban,
y la nieve de las montañas se fue por los ríos,
y las ramas secas endurecieron mi vientre negro,
y yo te dejé caer.
Te dejé caer sobre otra tierra fértil y húmeda,
te dejé caer entre rosales y narcisos,
entre hierba mala y espinas.
Te dejé caer en todos los sitios y en ninguno
solo para verte crecer en otro jardín…
para ver si ahí al fin floreces.
La Negra