Anoche, al igual que todas las noches, desperté en un sueño. A diferencia de los anteriores este me recibió con mucha luz. Creí que me despertaría, pero muy pronto estaba otra vez sumergida en la atmosfera onírica que me acogía.
Quise saber de dónde venía tanta luz y comencé a sacudir la cabeza de arriba a abajo, hasta toparme con un sol inmenso y reluciente que me entraba por los poros y me hablaba, me conversaba bajito.
Me decía: ven aquí conmigo, quédate cerca de mí.
Ahora me explicaba teorías mientras le ponía nombres a los recuerdos. Su luz y su calor me enamoraron enseguida. Fue cuando decidí saltar para estar a su lado, elevarme del suelo con una fuerza que, en los sueños, sale del vientre. Otra vez este sueño, a diferencia de los anteriores, me animó a impulsarme hacia arriba, en vez de caer en picada al precipicio. Siempre, en mis estrepitosas caídas, sentía cómo una bola de hierro comenzaba a crecer en el estómago y luego era expulsada por la boca mientras despertaba con la boca llena de saliva fría y las manos arañando el colchón.
Tal como lo había imaginado, en lugar de sentir otra vez esa fea experiencia, mi impulso me elevó suavemente y yo abrí los brazos para abrazar al sol, que me estaba esperando con una sonrisa en su rostro. Mi vuelo comenzó a acelerar y yo sentía el corazón galopando debajo de la ropa. Entonces yo entendía todo: entendía eso exactamente, entendía aquello y esto otro. Entonces era cierto… entonces era así.
Mi sueño adquirió fuerzas físicas y ahora mi vuelo era un espiral ascendente que me estaba purificando desde adentro. Yo sentía el calor de mi sol amado y su luz entraba por los poros y me enseñaba la verdad. La verdad sabía alegre y se escuchaba dulce.
Hubiese alcanzado sus brazos y hasta quizás querer morir entre ellos…
Sin embargo, una mano gruesa y violenta agarró muy fuerte mi camiseta y me frenó de golpe.
– No puede volar tan lejos –dijo una voz serena pero firme.
Frente a mis ojos, un papa anciano con vestidos blancos y largos me miraba con reproche. Detrás de él, siete niños pequeños agarraban su sotana con los ojos oscuros, llenos de inocencia.
Con un rápido movimiento de la mano me jaló hacia abajo haciéndome caer de espaldas al vacío. No me dio tiempo de reaccionar y, muy de pronto, sentí el vacío, mientras la luz del sol se alejaba rápidamente y un frío punzante entraba en mis huesos.
Todo se llenó de oscuridad y desperté.
La Negra