La bruja
El día en que su hija cumpliría 10 años, el padre de Emilia salió de casa más temprano de lo habitual, se reunió con dos de sus compadres que solían sacarlo de aprietos económicos y aprovechó para que lo invitaran a un pan con palta. Con ellos consiguió tres luquitas. Luego visitó a su hermana mayor, que le completó el monto. De camino al trabajo, tocó varias veces el bolsillo izquierdo de su camisa para cerciorarse de que la plata seguía ahí.
Al igual que todos los días de esa semana, cumplió su turno de 8 horas sin muchas novedades, salvo que esta vez estuvo repasando los colores favoritos de su niña, las muñecas que alguna vez habían enternecido aún más sus ojos con la ilusión de tener un muñeca que no fuera de trapo, hecha por su madre con mucho esmero en la máquina de coser que habían conseguido por si salían trabajitos y para remendar la ropa de la casa; o el maletín de doctora con el que diagnosticaría a algunos de sus peluches afectados, de pronto, por una extraña enfermedad. Toda esa tarde elucubró escenarios en los que, llegando a casa cansado pero feliz, sentiría los bracitos de su niña alrededor del cuello diciendo: “Gracias papito. Me encantó el regalo que me compraste”. Y él se sentiría feliz, estaría tranquilo.
Cuando entró a la primera juguetería, no esperaba encontrarse con precios tan elevados… veinte mil pesos por una Barbie negra o una loncherita con diseño de los monitos de la tele que le gustaban a su nena. Salió aún más decepcionado cuando en la tercera tienda le confirmaron su mayor miedo: no le alcanzaba para comprar un juguete. Buscó con la mirada entre los edificios alguna idea, una farmacia que vendiera peluches o un vendedor ambulante que lo sacara del apuro. Alguna tienda que le diera consuelo y aceptara sus cinco luquitas por un juguetito que hiciera saltar a su hija a su cuello. Fue entonces cuando una antigua librería pareció guiñarle un ojo desde la otra esquina.
–¿Había mirado ya en ese dirección? – se dijo. Pensó en lápices, esquelas, agendas y dijo: “¡Sí! Aquí puedo encontrar el regalo perfecto para el cumpleaños de mi hija, en esa tienda”.
Con la emoción de su nueva idea no se percató de que la tienda había parecido moverse suavemente, como si unos pequeños pies puntiagudos que se deslizaron por debajo avanzaran sigilosos entre los demás edificios. Cuando llegó a la puerta de la tienda, esta ya estaba a media cuadra. Empujó una puerta que le pareció más pesada de lo normal y entró acompañado de un tintinear de pequeñas campanitas.
El espacio dentro de la librería era mucho más pequeño de lo que habría imaginado. Al padre de Emilia le pareció que la puerta era más alta que el techo, por lo que tuvo que inclinarse levemente para no chocar él. En el lugar estaba un vendedor muy sonriente detrás de un mesón de madera con una vitrina de vidrio que exponía plumas, portaminas, corcheteras y papel lustre. Detrás del amable vendedor había otra vitrina un poco más grande con papelería. Ambos muebles –y el señor incluido– ocupaban prácticamente el ochenta por ciento del espacio. El padre de Emilia entró de costado y tuvo que dejar un pie afuera, porque los dos no entraban. Le devolvió la sonrisa al hombre y dijo:
-Busco algo para mi hija, hoy cumple 10 años.
El vendedor lo miró con los ojos profundos y sonrió.
–Espere aquí – dijo. Y se inclinó como pudo detrás del mesón. Por un momento, el padre de Emilia lo perdió de vista y tuvo que pararse en la punta de sus pies para corroborar que no había caído por un pasadizo secreto en ese minúsculo espacio que parecía de ficción.
Mientras el hombre escarbaba en la vitrina iba sacando todo tipo de libros, cuadernos, agendas, notas de colores, autoadhesivos, cajas con plastilina y con lápices de colores, esquelas de osos, de frutas, de flores, de niños y niñas rubios y colorines. Había tanto sobre el mesón que el padre de Emilia pensó que el triste mueble colapsaría.
–Eso es todo lo que tengo para una niña de 10 años –dijo mientras se levantaba con una mano en la espalda y la otra fuertemente apoyada sobre el mesón, que se estremeció con un fuerte crujido.
El padre de Emilia se acercó con el cuerpo hacia los objetos que lucían hermosos y brillantes sobre el mesón. Estaba un poco encandilado con tanto brillo y hologramas, por lo que tuvo que sacar por un momento la cabeza de la tienda para tomar aire. Con esto aprovechó de comprobar que la tiendita efectivamente estaba en la esquina de Matta con Pratt y que, efectivamente, era un espacio muy pequeño que nunca antes había notado en el centro de la ciudad. Pero le pareció que estaba en un lugar diferente, como una ciudad nueva pero, a la vez, muy antigua: las tiendas estaban un poco torcidas, las personas que caminaban por la calle se movían diferente y, por un momento, perdió el sentido. Volvió a meter la cabeza rápidamente en la tienda, que ahora le pareció aún más pequeña que antes.
–¿Qué le parece la pascualina?– preguntó el afable señor.
El hombre del bigote negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano en su bolsillo indicando que no tenía suficiente dinero.
–Entiendo, entiendo– Dijo el vendedor mirando a su alrededor con el ceño fruncido.
–¿Cuánto cuesta la otra agenda? ¿Y esta? ¿Y esa? ¿Y esta otra?
El vendedor continuaba lanzando números mientras sostenía sus anteojos sobre la nariz cada vez más arrugada.
–Creo que no me alcanza para nada…– dijo el padre y sonrió tímido mientras escondía su cabeza en el abdomen.
–¿Cuánto tiene?
–Cinco lucas
El hombre que ahora arrugaba también los labios, miró a su alrededor. Por un momento el padre de Emilia tuvo la impresión de que el señor había girado la cabeza en 360 grados buscando en su diminuta tienda. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor que había comenzado a resbalar por su frente. Cuando abrió los ojos el vendedor estaba de espalda buscando en la vitrina, pero al padre de EEmilia le pareció haber visto su corbata. Volvio a cerrar fuerte los ojos y se sonó la nariz con el mismo pañuelo.
– Cinco mil pesos… veamos. Tengo lápices grafito faber castell, vienen 5, todos iguales.
– Mmmm bueno – dijo el padre de Emilia cuando de pronto…
Un extraño viento entró por la puerta a medio abrir e hizo vibrar los vidrios de las vitrinas y las campanillas sonaron con más fuerza esta vez. Una bruja, que había estado saltando desde una una vitrina a otra desde que el hombre ingresó a la tienda, quiso acercarse más y se escondió detrás de una resma de hojas de roneo; luego corrió para ocultarse entre las gomas bicolor. Cuando el padre de Emilia bajó la mirada para sacar el dinero de su bolsillo de la camisa, la bruja, que quería locamente salir a dar una vuelta por ese otro mundo que había afuera, aprovechó el momento, corrió entre las corcheteras y, de un brinco, llegó a la vitrina principal que estaba justo detrás del mostrador.
El señor del bigote se topó con su mirada como magia.
–¿Cuánto por la brujita?
–¿La brujita?¿Cuál brujita? – dijo el señor con una voz áspera.
– Esa que está detrás suyo.
– Ahhh no recordaba haberla puesto aquí… Bueno, cinco mil pesitos no más pues, es un sacapuntas.
–Ah… y ¿hace algo más? – preguntó el señor de bigotes un poco decepcionado.
–No que yo sepa… no.
–Bueno, ya está. Deme la brujita.
Después de haber suspirado, el padre debió salir de la tiendita para meter su mano al bolsillo y extraer aquel papelito colorado, arrugado y delgadito que se había acomodado tan bien en su bolsillo. Ahora, en su lugar, había una pequeña brujita de unos 10 cm, con su gorrito y falda, la nariz puntiaguda y un enorme lunar de carne peluda en la punta. El padre pensó decepcionado… no le va a gustar.
Al entrar en la sala, dejó caer las llaves sobre un enorme bol de vidrio. Al escuchar este sonido, la hija salió de su cuarto gritando y saltando de emoción.
– ¡Papá! ¡Hoy es mi cumpleaños número 10!
– Lo sé, mi reina. Dijo suavemente mientras la abrazaba y besaba en la frente.
El padre metió su mano en el bolsillo y sacó la brujita, sin envoltorio, sin cintas, sin tarjetas. Solo la brujita verdosa y anciana con un enorme agujero para introducir lápices sin punta. La niña la miró y no entendió. Miró graciosa a su padre, como exigiendo una explicación por ese extraño personaje que le sonreía.
– Es una bruja – dijo el padre.
– Ya veo – respondió la niña, intentando sonreír.
– Es un sacapuntas también -continuó el padre –Mira, aquí pones el lápiz, ¿ves? y comienzas a girar…
– Sé cómo funciona un sacapuntas, papá – dijo la niña con voz seca. Tengo uno en mi estuche.
– Claro – dijo el padre. –Pero este tiene forma de bruja…
Esa noche el pastel de cumpleaños supo amargo. Supo a un abrazo que no llegó, a unos brazos que no rodearon el cuello y unos labios que no buscaron la cara en agradecimiento. El padre no podía sacar de su mente la cara de decepción de su hija por el regalo que le había dado. Él deseaba darle más; sabía que ella valía mucho más. Y era su cumpleaños número 10. Estaba encerrado en estos pensamientos negativos cuando la madre le dijo:
– ¿Qué sucede? ¿estás bien? No has dicho nada en toda la tarde
– Sí, perdón. No me di cuenta. Está muy rico el pastel. ¿Lo hicieron juntas?
Pero la madre no alcanzó a responder que sí, y que con ayuda del abuelo, porque justo en ese momento, un poste de luz hizo una aparición espectacular al explotar en muchos puntos y chispas de colores con un tremendo estruendo. Colores brillantes que duraron solo unos segundos, suspendidos en el aire, iluminaron la cara de todos en la mesa. Unos de sorpresa, otros de miedo, otros felices. Las caras de todos se alumbraron en la mesa. Entonces todo quedó en la más completa oscuridad.
– Tiene que haber sido un corte.
– Voy por velas
– ¿Están todos bien?
Pero en lugar de escuchar un “sí”, se escuchó un leve sollozo. Era el padre, que escondía nuevamente su cara entre las manos.
– ¿Por qué estás llorando, papá?
– Estoy llorando de felicidad
– ¿Qué…? – no alcanza a preguntar la madre, cuando una vez más un rayo de luz ilumina las caras de todos en la mesa. Esta vez no es el poste de la esquina. Esta luz es mucho más brillante que la de antes y viene desde dentro de la casa. No es una luz amarilla o blanca, es una luz verdosa, un poco eléctrica, que hace que las caras de todos se vean estiradas y divertidas.
La cara del padre, cubierta de lágrimas, se eleva puntiaguda y hace verlo como una codorniz. La hija ríe. La madre ríe.
– ¿Por qué ríen? – pregunta el padre – ¿De dónde viene esa luz?
– Creo que viene del mueble aquel – dice la madre, apuntando la repisa con los materiales de su hija en la habitación.
Los tres se acercan lentamente hacia la luz, que ahora parece brillar con más energía aún. Entre los libros, las figuritas de yeso y el estuche con los lápices, e iluminada con un verde fluorescente, estaba la brujita. Su cara se veía aún más grande que antes. Incluso el lunar parecía tener más pelos. Su traje negro brillaba oscuro, pero sus manos y su cara eran tan verdes como el monte.
– ¡La brujita es fluorescente, papá! – gritó la hija.
– ¡El sacapuntas brilla en la oscuridad! – grita la madre.
– ¡Es una bruja mágica! – concluye el padre, ahora orgulloso de su compra.
Entonces, en lugar de arruinarse el cumpleaños por un simple corte de luz y un regalo que no era lo esperado, la familia decide jugar a “Esconder a la brujita”, en un lugar de la casa que esté muy oculto, para luego salir en su búsqueda y guiándose solo por el brillo verdoso de esas canas y de esa sonrisa de bruja buena que salva los cumpleaños de las niñas de 10 años.
Fin
La Negra